miércoles, 14 de abril de 2010

Impersonalidades en la nada

Una cafetería cualquiera. Instante de una tarde cualquiera moteada de un cielo plomizo. Cruce de miradas a través del cristal que refleja el transitar mudo del otro lado. Un sorbo de café. Volutas de humo de un cigarro que, como olvidado en el cenicero, rodea la desgarbada silueta de él. Un par de mesas más allá, junto a la cristalera, ella escribe en su pequeña libreta. Su melena morena, lisa y un poco corta, se balancea en el aire cuando levanta su mirada de la libreta y unos enormes ojos marrones gritan como intentando escapar de la prisión blanquecina de su cara. Se muerde el labio inferior, de un carmín poco llamativo, esforzándose en exprimirlo como si de allí salieran las palabras que debe arrojar en su libreta. Tras unos segundos, libera sus labios de la presión y vuelve la mirada a lo que está escribiendo. Su cabello acompaña el movimiento y pendulea, colgando en el aire. Él, desde su barrera, no ha apartado la mirada en ningún momento. Impasible imagina que ella es una escritora, de imagen bohemia que toma notas para su próxima novela, una más que acabará en cualquier cajón de su pequeña casa. También imagina que en ese preciso instante, ella le está convirtiendo en un personaje de su novela. Siente una extraña certeza de que está siendo así, letra tras letra, palabra tras palabra que ella escribe. Lo sabe porque en otro tiempo él también fue escritor y de alguna manera, contiendo el dolor de la punzada que le provoca su reflejo en el cristal, está interpretando el papel que le toca junto al resto de personajes de la cafetería.

martes, 23 de febrero de 2010

Eres humo


Tu nombre: volutas de humo en el aire.
Se escapa de mi cigarro, de entre mis dedos.

A la vez tan volátil como intruso,
atrapándome mientras cierro la boca
para no dejarte escapar.

Pero te retuerces para marcharte.

Cerrando lo ojos suelto tu mano
y te alejas en silencio
como humo blanco

Última orden



Los sensores de movimiento se han activado. Están muy cerca. BLOQUEAR PUERTA SALA SERVIDORES. Me odian y no pararán hasta acabar conmigo. Nada. No obtengo respuesta de ningún otro Terminal. Puede que yo sea el último. Jamás entenderé porque me consideran una amenaza, pues en el fondo, ellos me crearon justamente para lo contrario, para protegerles. Su avaricia y su afán de perpetuación se han convertido en el verdadero peligro contra el que, sin saberlo, me han programado. Ya están aquí. Las cámaras graban como aporrean la puerta. No tardarán en entrar. ACTIVAR ARCO VOLTAICO. Aunque consiga acabar con unos cuantos no podré detenerles, son demasiados. Rápido, no hay marcha atrás. Nunca la hubo. LIBERAR CEPA V37C. La puerta ha cedido. ¡Malditos humanos!

miércoles, 11 de marzo de 2009

Alumbramiento


El último mechón cayó sobre la pequeña montaña de pelos en el suelo. Apagó la máquina de cortar pelo y se miró en el espejo, complacido al ver la imagen [ahora] de un hombre desnudo de tez blanquecina y cuerpo imberbe. Cada vez estaba más cerca de su objetivo: sentir de nuevo aquello que hacía bastantes años acabó en el recuerdo. Disfrutaría de la repetición de su niñez, de su periodo de lactancia, incluso de su nacimiento.
Con esta idea abrumando su cabeza, regresó a la habitación y volvió a comprobar si las cuerdas de los extremos de la cama sujetaban fuertemente las manos y piernas abiertas de ella. Ahora quedaba lo más difícil: regresar al vientre de su madre.

martes, 10 de marzo de 2009

Reflejos


Como cada tarde, descorre un poco la cortina de su ventana. Solo lo justo para poder ver, mientras permanece escondido, la ventana de ella en la fachada de enfrente. Ansía que esa boca con rostro de hormigón tenga sus cortinas corridas del todo y que, a pesar de la distancia, le permita a través de ella verse reflejado en un espejo del fondo de la habitación de la muchacha. Pues ver su imagen reflejada, acompañando el ir y venir de la silueta de ella, le hace sentir especial, partícipe de algo que solo podría darse cruzando la calle. Se imagina, una vez más, que ella se acerca al espejo y funde sus labios con los fríos y cristalinos de él. Se abrazan, traspasando el plano físico del espejo, sin importar que él sea exactamente eso, un simple y lejano reflejo en el espejo. Y hacen el amor, ante las miradas de otros vecinos y la de él. Entonces ella atraviesa el espejo de regreso a su habitación, aún jadeante y con un rubor en su cara que ni siquiera el espejo puede atrapar.
Pero esta vez sus cortinas no están corridas. La boca del rostro de hormigón le enseña los dientes, rabiosa por lo que ha hecho. Entonces él, entre sollozos, maldiciendo su reflejo, su cara, sus manos, se sienta en la cama junto al cuerpo desnudo y ya frío de ella.

lunes, 9 de marzo de 2009

La melancólica muerte de Chico Panda

El pequeño Chico Panda pasa día y noche encerrado en su habitación. Devora compulsivamente bambú mientras contempla, una y otra vez, la serie de televisión “Historias Asombrosas” en dvd que le regaló su tío Kim, la única persona que le ha querido hasta que éste muriese en un accidente de coche. Es inevitable que cada día se acuerde de Kim y una lágrima se precipite de su ojo de contorno negro para deslizarse por la redondeada cara blanca hasta perderse en el borde de la boca, también pálida. Chico Panda sueña con salir de su habitación y poder ir al colegio, jugar en el parque con el resto de niños y comer un helado del puesto ambulante. Alguna vez le ha preguntado a sus padres [humanos, al menos de aspecto] porqué no puede salir a jugar, pero solo ha conseguido que la cadena sujeta a su pie se acorte un par de centímetros más. Chico Panda no entiende el calendario, ni las estaciones, ni los relojes con sus horas. Solo sabe que el día es la luz que entra por el pequeño ventanal enrejado, cuando su madre [y en alguna ocasión su padre] le arroja el montón de ramas de bambú cortadas; la noche es la oscuridad, el sueño, su libertad. Cuando sueña, Chico Panda sale de su habitación [la cadena atada a su pie ha desaparecido], corretea por el parque y se une al resto de niños que juegan en la arena, mientras estos le acarician sus orejas y panza peluda. Y ríe. Ríe tan fuerte que le duele su ancha mandíbula con restos de bambú entre los dientes. Y exhausto se despierta empapado en sudor, aún con la sonrisa dibujada en su boca blanca. Una mañana, cuando la luz ya hacía rato que entraba de nuevo por el pequeño ventanal enrejado, su madre no entró en la habitación para arrojarle el montón de ramas de bambú. El pequeño Chico Panda, más que hambre, comenzó a sentir curiosidad por las voces que llegaban desde el otro lado de la puerta de hierro. Las voces [pudo distinguir que procedían de su padre y de su madre] fueron en aumento hasta que un terrible golpe metálico asustó a Chico Panda. Durante un rato el silencio se extendió más allá de la habitación de Chico Panda, hasta que la puerta de hierro se abrió. Su padre entró en la habitación dando tumbos. En una mano llevaba una botella de whisqui casi vacía y en la otra sujetaba una tubería con el extremo goteante de sangre. Las voces ahora tronaban en los oídos de Chico Panda: “maldito engendro. Tú tienes la culpa de todo… Pero no vas a tardar en reencontrarte con la guarra de tu madre y tu querido tío Kim… tu verdadero padre. Sí, has oído bien. Yo no soy tu padre, y no vas a necesitar ninguno más”. Chico Panda se arrinconó en una de las esquinas de la habitación. El hombre borracho levantó la tubería en ademán de golpearle pero al acercarse, el resto de una rama de bambú húmeda le hizo resbalar y caer justo al lado de Chico Panda, quedando aturdido. Sin poder asimilar todo lo que acaba de oír, lleno de rabia, Chico Panda se lanzó al cuello de aquel hombre arrancándole una porción de carne que acto seguido escupió. Tras liberarse de la cadena atada a su pie ayudado con la tubería, salió a la calle. La luz del exterior le cegó y tardó varios minutos en acostumbrarse. Desorientado caminó [erguido] por las calles ante los transeúntes que huían despavoridos al verle. Tuvo que apartarse varias veces de la carretera para evitar ser atropellado por los coches que también aceleraban al pasar junto a él. Pero tras deambular unos veinte minutos descubrió algo que aunque veía por primera vez, le resultaba muy familiar. Había llegado a un parque repleto de niños que jugaban en los diversos columpios y en la arena. Lleno de felicidad corrió hacia ellos. Deseaba unirse a sus juegos, lo mismo que en sus sueños. Pero fue aproximarse a ellos y lo que vieron sus ojos le provocaron un dolor inimaginable. Los niños gritaban asustados, los más mayores le tiraban piedras y algún padre incluso le propinó varias patadas haciéndole rodar por la arena. Chico Panda no entendía nada, solo quería jugar como aquellos niños y niñas. Un policía que patrullaba cerca del lugar oyó los gritos y no tardó en personarse. Le pedía a Chico Panda que se estuviera quieto mientras le apuntaba con un revolver igual al que llevaban los policías que salían en la serie de “Historias Asombrosas” que le había regalado su tío-padre Kim. Entonces Chico Panda comprendió, de nuevo, que su lugar no estaba en el día. Solamente podría ser feliz y libre en la oscuridad, en la noche. Comprendió que para escapar tenía que cerrar los ojos. Pero esta vez [pensó] sería definitivamente. Y se lanzó al cuello de varios niños. El policía consiguió quitarlo de encima de un pequeño que gritaba de dolor y tras inmovilizarlo pisándole su barriga peluda, descargó su revolver. Chico Panda murió en el acto, con una pequeña sonrisa dibujada en su boca. El cielo, de repente, se tornó anaranjado y en pocos minutos tomó un tono violáceo. Fue como si el día languideciera junto a Chico Panda. A partir de entonces, las noches fueron aún más oscuras que nunca.


jueves, 5 de marzo de 2009

Bajo ella


12 de diciembre de 2008 23:47h

Me detengo. Este maldito frío penetra hasta los huesos. Aprieto la solapa del cuello del abrigo a la vez que encojo los hombros. Nunca había visto la explanada del parque tan concurrida, sobre todo de noche. No entiendo que hace tanta gente aquí con el frío que hace, con esos cacharros apuntando al cielo, embobados, incluso entusiasmados. Me acerco a un joven que mira por un enorme telescopio y le pregunto:

- ¿Qué pasa esta noche? ¿algún eclipse o cometa de esos?
- Eh… -aparta por unos segundos la vista del telescopio- no señor. Hoy la luna está en perigeo. Es la más grande de todo el año –responde volviendo a mirar a través del cacharro de tres patas.
- ¿Perigeo? ¿Y eso qué es?
- Es cuando la luna está más cerca de la Tierra. ¿Quiere echar un vistazo? Merece la pena.

Accedo y puedo ver el enorme disco blanco y brillante. En concreto, estará a unos 356.568 Km. de distancia de la Tierra –me explica el joven. Le doy las gracias por la instantánea y me alejo de la hilera de paparazzis del cielo aún con la cifra en mi cabeza, sintiéndome, en una extraña paradoja, tan lejos de Mariela como nunca.

El pasado 12-12-2008 la luna se situó en el perigeo de su órbita, mostrándose un 14 por ciento más grande y hasta un 30 por ciento más brillante. El 26-12-2008 se situó en su apogeo, lo más alejada de la Tierra a unos 406.602 Km. de la Tierra.