miércoles, 16 de abril de 2008

Cuestión de un buen apurado


Ha ocurrido viendo un anuncio de la televisión.

Un apurado perfecto exclamaba el anuncio de gel de afeitar Gillette.

Me hace gracia, pues no sé si os habéis fijado que todos esos titanes embadurnados de espuma (o gel) ya están afeitados cuando deslizan sus cuchillas de última generación por sus barbillas y cuellos. Claro que apura, si sus rostros están más pulidos que el mármol de Carrara. Yo, que padezco la maldición de tener cercada mi boca por una sombra oscura permanente, velluda por supuesto, me lancé a acabar con ella definitivamente. Bajo a la droguería de mi calle y compro cuchilla y gel para el afeitado de última generación (sino no resultará el ritual), tentado de comprar desodorante, desestimo esta opción pues creo recordar que en mi neceser tengo uno sin quitar el precinto (comprado para un viaje que realicé), pago con prisa a la dependienta y vuelvo a casa. Desnudo de cintura para arriba, me planto frente al espejo, excitado y perplejo por la visión que refleja pues no me reconozco, abro el grifo del agua caliente y saco la nueva cuchilla de su envoltorio. Vuelvo a mirarme en el espejo. Me cuesta distinguir donde terminan mis labios entre tanto bigote, barba, cabellos. Soplo en vertical sacando el labio inferior todo lo que puedo e intentando convertir mi boca en un fuelle provocando que los gruesos mechones del flequillo queden suspendidos en el aire un par de segundos, durante los cuales puedo ver claramente el marrón de mis ojos. Repito el soplido y suelto una sonrisa estúpida. Agito el bote de espuma y esparzo un hilo azul mientras dibujo un borrón sobre la palma. Podría ser mi cara, pienso. Me embadurno con el gel y la visión que ofrece el espejo enrarece mucho más. Alzo la cuchilla, reflejos brillantes en sus hojas afiladas. Arremeto con fuerza contra el lateral derecho, cerca de lo que debe ser la patilla. Deslizo, no sin pocos tirones, la cuchilla hacia abajo hasta llegar al cuello, allí donde se confunden barba y vello pectoral. Entonces pienso: y ¿por qué no?
Continúo bajando. Pecho, abdominales, ombligo, borde de la cintura de los vaqueros. Giro la cuchilla y emprendo el camino de vuelta. El rasurado se vuelve frenético. Comienzo a deslumbrar una piel clara. Ahí debajo hay alguien. Me asusto pues de nuevo no me reconozco. La curiosidad gana la partida. Decido continuar rasurándome, esta vez de cintura para abajo. El ver mi sexo sin vello produce el espejismo de que ha aumentado de tamaño. De nuevo, la sonrisa estúpida. Las piernas, ahora de color tan claro como el pecho, me desconciertan y aterran un poco pues están flacuchas, irreconocibles. Cuando llego al tobillo, mis pies están casi cubiertos del vello caído. Me estremezco a la vez que por primera vez siento que estoy desprotegido. Corro a refugiarme a mi habitación, cierro la puerta. Me siento en el suelo y arrimo las rodillas contra mi pecho. Entonces es cuando alzando la vista, puedo ver una extraña figura en el largo espejo que tengo anclado detrás de la puerta. Me pongo de pie y tras verme reflejado, suelto tal alarido que por un momento creo que el espejo va a reventar. Frente a mi hay una persona que no conozco. Su tez es tan blanquecina que contrasta con la penumbra de la habitación. Fuera, ¡fuera de aquí! Pero aquella figura parece no comprender lo que le digo. Con aspavientos le indico que se marche. Sigue sin hacerme caso. Intento calmarme. No soy ese reflejo, lo sé. No conozco a esa persona desnuda frente a mí. Yo soy yo, Mobutu Ase, angoleño residente en este suburbio de Paris.

lunes, 14 de abril de 2008

Bienvenida

Bienvenido/as a este singular rincón de la red que inicia su andadura.

Espero que leer estas letras os sirva para algo, ya sea para huir del aburrimiento como para descubrir otras perspectivas de lo cotidiano. Cada cual que obtenga lo que quiera que de momento, yo de aquí no me bajo.

Como aficionado a la escritura que soy y ante un largo parón de gastar tinta, he remoloneado ante la temida hoja en blanco hasta tal punto que todas las letras que ansiaban salir de mi puño y letra han colapsado mi cabeza. Aturdido, emborrachado de ellas no me han dejado dormir cantidad de noches, hasta que en la de ayer, no pudiendo mi corteza cerebral sostener los diques de la conciencia, todas aquellas letras, mis voces, encontraron salida quedando esparcidas entre las sábanas.

Y esta ha sido la razón de lanzarme a escribir en un blog.
Confieso experimentar desasosiego y el no tener un rumbo claro de esta nueva experiencia, no hace más que acentuar la acumulación de más y más voces en mi cabeza (tranquilos no estoy mentalmente enfermo, o eso creo, pues las voces a las que me refiero son únicamente mías y no de otras personas. Eso me hace recordar cierto suceso que más adelante relataré)

Sin más, adelante pues.