
Ha ocurrido viendo un anuncio de la televisión.
Un apurado perfecto exclamaba el anuncio de gel de afeitar Gillette.
Me hace gracia, pues no sé si os habéis fijado que todos esos titanes embadurnados de espuma (o gel) ya están afeitados cuando deslizan sus cuchillas de última generación por sus barbillas y cuellos. Claro que apura, si sus rostros están más pulidos que el mármol de Carrara. Yo, que padezco la maldición de tener cercada mi boca por una sombra oscura permanente, velluda por supuesto, me lancé a acabar con ella definitivamente. Bajo a la droguería de mi calle y compro cuchilla y gel para el afeitado de última generación (sino no resultará el ritual), tentado de comprar desodorante, desestimo esta opción pues creo recordar que en mi neceser tengo uno sin quitar el precinto (comprado para un viaje que realicé), pago con prisa a la dependienta y vuelvo a casa. Desnudo de cintura para arriba, me planto frente al espejo, excitado y perplejo por la visión que refleja pues no me reconozco, abro el grifo del agua caliente y saco la nueva cuchilla de su envoltorio. Vuelvo a mirarme en el espejo. Me cuesta distinguir donde terminan mis labios entre tanto bigote, barba, cabellos. Soplo en vertical sacando el labio inferior todo lo que puedo e intentando convertir mi boca en un fuelle provocando que los gruesos mechones del flequillo queden suspendidos en el aire un par de segundos, durante los cuales puedo ver claramente el marrón de mis ojos. Repito el soplido y suelto una sonrisa estúpida. Agito el bote de espuma y esparzo un hilo azul mientras dibujo un borrón sobre la palma. Podría ser mi cara, pienso. Me embadurno con el gel y la visión que ofrece el espejo enrarece mucho más. Alzo la cuchilla, reflejos brillantes en sus hojas afiladas. Arremeto con fuerza contra el lateral derecho, cerca de lo que debe ser la patilla. Deslizo, no sin pocos tirones, la cuchilla hacia abajo hasta llegar al cuello, allí donde se confunden barba y vello pectoral. Entonces pienso: y ¿por qué no?
Continúo bajando. Pecho, abdominales, ombligo, borde de la cintura de los vaqueros. Giro la cuchilla y emprendo el camino de vuelta. El rasurado se vuelve frenético. Comienzo a deslumbrar una piel clara. Ahí debajo hay alguien. Me asusto pues de nuevo no me reconozco. La curiosidad gana la partida. Decido continuar rasurándome, esta vez de cintura para abajo. El ver mi sexo sin vello produce el espejismo de que ha aumentado de tamaño. De nuevo, la sonrisa estúpida. Las piernas, ahora de color tan claro como el pecho, me desconciertan y aterran un poco pues están flacuchas, irreconocibles. Cuando llego al tobillo, mis pies están casi cubiertos del vello caído. Me estremezco a la vez que por primera vez siento que estoy desprotegido. Corro a refugiarme a mi habitación, cierro la puerta. Me siento en el suelo y arrimo las rodillas contra mi pecho. Entonces es cuando alzando la vista, puedo ver una extraña figura en el largo espejo que tengo anclado detrás de la puerta. Me pongo de pie y tras verme reflejado, suelto tal alarido que por un momento creo que el espejo va a reventar. Frente a mi hay una persona que no conozco. Su tez es tan blanquecina que contrasta con la penumbra de la habitación. Fuera, ¡fuera de aquí! Pero aquella figura parece no comprender lo que le digo. Con aspavientos le indico que se marche. Sigue sin hacerme caso. Intento calmarme. No soy ese reflejo, lo sé. No conozco a esa persona desnuda frente a mí. Yo soy yo, Mobutu Ase, angoleño residente en este suburbio de Paris.
