
El hombre devoto dejó de creer. Pensó que el Dios cristiano no podría resolver las inquietudes que cada mañana le abordaban al levantarse y se hizo con un ejemplar del Corán. Cansado de llevar un Sunnah [modo de vida] semejante al de la mayoría de los musulmanes, principalmente debido a los ayunos y la cantidad de rezos obligados al día, se unió a un grupo budista tras conocer a un indigente en el metro que afirmaba ser la reencarnación del nuevo Buda en el mundo. El jefe espiritual del grupo terminó por expulsarle tras negarse a compartir la idea del Anatman [insustancialidad], del no-yo y la ausencia del alma, pues el hombre devoto, si estaba seguro realmente de algo, era en su yo que todas las mañanas se levantaba. Y por supuesto que tenía alma o algo que perduraría una vez muerto. Fue tras reafirmarse en estos pensamientos cuando decidió llamar a un anuncio del periódico donde un supuesto médium resolvía toda clase de dudas a través del espiritismo. Durante la sesión, el espíritu de un esclavo negro de Massachussets, a través del médium en trance, de ojos blancos y boca torcida, le reveló que en otra vida pasada había sido compañero de trabajo recogiendo algodón. Desechada la idea de su reencarnación, más que nada por la alergia que le provocaba el simple tacto de cualquier ropa que llevara algodón en su composición, decidió unirse a un asentamiento minoritario de mormones en las afueras de la ciudad. Pero el hombre devoto solamente aguantó una semana sin su serie favorita de televisión, su bar de la esquina y del resto de comodidades de la ciudad. Fue precisamente en un programa de actualidad donde vio a un chamán africano que ofrecía sus servicios: “…curar y romper mal de ojo. También vidente. Para venir… llamar a telefóno de pantalla”. Tras un collar [hecho con un hilo mugriento y muelas de varios animales] para la mala suerte y cincuenta euros, el hombre devoto les maldijo. Maldijo a Dios, a Alá, a Buda, a Kali, a Shivá, a Jehová… y de improviso, Satanás se le apareció en unos baños públicos. Rechazó su oferta, pues no estaba dispuesto a perder su alma y salió del baño público pensando en lo equivocados que estaban todos aquellos locos del grupo budista. Como unirse a una secta satánica no le agradaba después del encontronazo con Satanás, decidió volverse agnóstico. Al fin y al cabo, no podía negar la existencia de todos ellos pero tampoco probarla, ni siquiera su experiencia en aquel baño público después de haber gastado todo lo que le quedaba en cerveza, varias horas antes en aquel bar del centro. Entonces pensó que no tenía otra salida. Regresó a casa y cerrando la puerta tras de sí, se quitó el sombrero mormón dejando al descubierto su cabeza totalmente rapada. Sacó el collar para la mala suerte de uno de los bolsillos de su chaqueta negra y lo dejó en la mesa, junto al fajo de facturas y la orden de desalojo. Pasó al salón y comenzó a desprenderse del Kasa de lino marrón, lentamente, frente al pequeño altar improvisado con velas de la tienda del todo a 100 y una pequeña estatua que quería semejar una diosa con múltiples brazos. Tras soltar un ahogado suspiro, se santiguó. Acto seguido su cuerpo desnudo atravesaba la ventana para precipitarse al vacío, con la total certeza, eso sí, de que Newton no se había equivocado.

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