
- Cariño, ¿me quieres?
- Claro –respondió con un susurro ahogado en la almohada.
Apagó la luz de la mesilla y permaneció con los ojos abiertos, entre tinieblas, pensando en el descubrimiento de unas horas antes: un utensilio de látex color rosa con forma de falo escondido en una caja de zapatos, al fondo del vestidor. La idea de la infidelidad, y mas con un consolador, era demasiado. No podría soportarlo, pero pensar en la soledad aún le daba más miedo. Al día siguiente, a solas, volvió a sacar a su contrincante del escondite. Durante un largo rato lo examinó, estudiando su textura. Se imaginó a Sara utilizándolo y se excitó: la imagen desnuda de Sara tumbada en la cama, jugueteando primeramente con la punta del falo en sus pezones, recorriendo a continuación la línea invisible de su vientre hasta frenar en la maraña de su pubis; el labio inferior mordido, ahogando un gemido que a los pocos segundos no pudo contener, pues el juguete de látex había entrado en Sara; las sábanas se arrugaban al ritmo de los jadeos hasta que su cara, sus extremidades, su cuerpo, toda Sara se relajó.
- Claro –respondió con un susurro ahogado en la almohada.
Apagó la luz de la mesilla y permaneció con los ojos abiertos, entre tinieblas, pensando en el descubrimiento de unas horas antes: un utensilio de látex color rosa con forma de falo escondido en una caja de zapatos, al fondo del vestidor. La idea de la infidelidad, y mas con un consolador, era demasiado. No podría soportarlo, pero pensar en la soledad aún le daba más miedo. Al día siguiente, a solas, volvió a sacar a su contrincante del escondite. Durante un largo rato lo examinó, estudiando su textura. Se imaginó a Sara utilizándolo y se excitó: la imagen desnuda de Sara tumbada en la cama, jugueteando primeramente con la punta del falo en sus pezones, recorriendo a continuación la línea invisible de su vientre hasta frenar en la maraña de su pubis; el labio inferior mordido, ahogando un gemido que a los pocos segundos no pudo contener, pues el juguete de látex había entrado en Sara; las sábanas se arrugaban al ritmo de los jadeos hasta que su cara, sus extremidades, su cuerpo, toda Sara se relajó.
Por unos momentos se sorprendió al verse ahora a ella también tumbada en la cama, utilizando aquel juguete, convirtiéndose en cómplice de la infidelidad recíproca.
- Cariño, y ¿a qué hora volverás de ese congreso?
- No lo sé Paula, ¿por?
- No, por nada.
- Cariño, y ¿a qué hora volverás de ese congreso?
- No lo sé Paula, ¿por?
- No, por nada.

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