viernes, 13 de febrero de 2009

Relación taxidérmica


Cuando terminó de escribir el anuncio de contactos se sintió aliviado.

“Joven taxidermista busca conocer a ejemplar atractiva para compartir sesiones contemplativas. Ofrezco estudio muy confortable y total discreción en las horas de luz. Abstenerse personas inquietas. Tlf. 913216682”

Le había costado varios meses el decidir anunciarse en el periódico local, pues la sombra que había dejado Carolina en su vida aún le pesaba demasiado. No se había desprendido del olor de su piel, de las líneas que marcaban el contorno de su cuerpo proporcionado y perfecto, pero sobre todo de la quietud con la que siempre le recibía en la cama, incluso cuando hacían el amor. Esto que a la mayoría le podría desesperar, a él le volvía loco.
Con el trozo de papel donde había escrito el anuncio marchó raudo a la redacción del periódico. El trámite no duró mucho, cosa que de alguna manera anticipó la impaciencia por que su móvil sonara, y pensó que esperar en el parque hasta la hora de comer le ayudaría a distraerse. Atravesando las calles del pueblo camino del parque, imaginó como sería la cita en caso de que ésta se produjera: Su móvil sonaría y con nerviosismo cogería la llamada. ¿Diga? –preguntaría con voz quebrada. Una voz dulce respondería. Hola. Llamo por lo del anuncio. ¿Es usted el taxidermista? -Y afirmaría con excitación. ¿Y sigue interesado en conocer a una chica atractiva y nada inquieta? –A lo que respondería aún más excitado- Por supuesto –a lo que ella completaría decididamente- Pues dígame su dirección y me acercaré ahora mismo…

El taxidermista tuvo que sentarse en un banco de la acera para poder ocultar la erección. Desde que Carolina se marchó no recordaba haber tenido una erección así. Entonces comenzó a observar al resto de mujeres que poblaban la calle, como intentando adivinar quien sería aquella misteriosa mujer de la llamada imaginaria. Absorto en ello pasó varias horas en aquel banco hasta que decidió entonces volver a casa. Fue a la semana siguiente, concentrado en el encargo de un cazador que quería inmortalizar en su salón una pieza de su última cacería, cuando recibió la ansiada llamada.

- ¿Diga? –atendió la llamada con voz aún más quebrada que la imaginada.
- Buenas. ¿Es el taxidermista del anuncio de contactos?
- Sí, soy yo.
- Estoy muy interesada en podernos conocer.
- Bueno, supongo que será…
- Atractiva y nada inquieta –le interrumpió.
- De acuerdo. Le indicaré mi domicilio. Es…
- No hace falta –interrumpiéndole de nuevo-. Busqué tu dirección en la guía. Estoy en el portal. Sólo ábrame. [Silencio] ¿Qué ocurre? Ábrame la puerta.
- Suba –y apretó el telefonillo inmerso en dudas.

La misteriosa mujer, atractiva, de unos cuarenta años, abrigo de visón en el que descansaba una larga y peinada cabellera morena y por abajo dejaba asomar un par de piernas esbeltas, le siguió hasta el salón. Pero pronto se interesó por el lugar donde él trabajaba. De nuevo le acompaño hasta una pequeña habitación convertida en taller. Tras mirar ha su alrededor, acariciar varios ejemplares disecados que se apilaban en una balda en la pared, colocar varios utensilios esparcidos por la mesa de trabajo, preguntó:

- ¿Cuál es el animal que prefieres trabajar?
- No tengo ningún preferido.
- ¿Te gusta la mantis religiosa?
- No es un animal que me guste especialmente. Los insectos no son mi fuerte.
- A mi me encanta la mantis religiosa. Me parece un animal increíble. Permanece casi inmóvil mientras su presa se aproxima y de un ataque fulminante…
- ¿Quieres que volvamos al salón?
- Quiero que me beses.
- Eh… así…
- ¿No te gusto?
- Sí… si, claro que me gustas. Mucho además. Eres muy atractiva.
- Bésame, te digo.

Se besaron, largamente, mezclándose el uno con el otro. La mujer apartó los utensilios de la mesa de un manotazo y comenzó a desnudarse. Se tumbó sobre la mesa y reposando su bello cuerpo, inmóvil, le pidió que la observara. Y el taxidermista lo hizo. Con su mirada fue dibujando el contorno de aquella mujer hasta que la excitación le nubló de deseo. Se desnudó también y fue al encuentro de los brazos que le esperaban. Y copularon, pues aquello no podría definirse como hacer el amor. El sudor dio paso a la sangre.

Fotograma de la película "Taxidermia", de György Pálfi

Supongo que lo que ocurrió fue mas o menos así. Y ¿por qué cuento esto? Sencillo. El otro día me topé en el suplemento dominical de un periódico, con el anuncio de una extraña exposición: “Trofeos. El arte de lo inmóvil. Una exposición de Lara Mistral.”
Reconozco que la imagen de una cabeza humana tan real insertada en el cuerpo de un pequeño zorro disecado me produjo un terrible escalofrío.

No hay comentarios: