
Hay días en los que el vaivén de las horas empuja mi caminar.
Es entonces cuando mi silueta se vuelve un ser ingrávido,
acompañante de mi sombra que se bifurca a golpe de paso.
Hay días en los que me cuesta respirar los reflejos de cada esquina.
Avanzar entre las calles, conducir el coche o subir la escalera,
no es más que otra ilusión: una travesía que ansía sucumbir
Es entonces cuando mi silueta se vuelve un ser ingrávido,
acompañante de mi sombra que se bifurca a golpe de paso.
Hay días en los que me cuesta respirar los reflejos de cada esquina.
Avanzar entre las calles, conducir el coche o subir la escalera,
no es más que otra ilusión: una travesía que ansía sucumbir
a la noche, agobiante espera de llegar a quien sabe donde,
fajos de interrogantes que se entrelazan oprimiéndome
el pecho con sus manos invisibles.
Hay días en los que no entiendo la razón de por qué me levanto,
por qué me miro en el espejo y ya no me recuerdo, por qué espero
aquello que sé que no he perdido, que susurra mi nombre cuando
abro los ojos.
Pero de mil maneras diferentes siempre llego al mismo sitio.
El vagón lleva reflejado mi cara y comienza su marcha, acelerando,
dejando una estela dibujada en el aire, mientras permanezco inmóvil.
Hay días en los que ese vagón se cansa de esperarme…
Y hoy es uno de ellos.
Hay días en los que no entiendo la razón de por qué me levanto,
por qué me miro en el espejo y ya no me recuerdo, por qué espero
aquello que sé que no he perdido, que susurra mi nombre cuando
abro los ojos.
Pero de mil maneras diferentes siempre llego al mismo sitio.
El vagón lleva reflejado mi cara y comienza su marcha, acelerando,
dejando una estela dibujada en el aire, mientras permanezco inmóvil.
Hay días en los que ese vagón se cansa de esperarme…
Y hoy es uno de ellos.

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