miércoles 4 de marzo de 2009

El orador


Cuando el hombre de traje negro vio en el panel que aún tardaría una hora en salir su vuelo, decidió entonces esperar echando un vistazo por una de las tiendas de prensa del aeropuerto. Entre los bestsellers y libros de bolsillo encontró uno que le llamó la atención su particular título: “Oratoria express. El arte de convencer a través de la palabra rápida”. Animado más por la intriga de lo que podía desentrañar aquel título que por su interés real en aprender algo de oratoria, decidió comprarlo. Una vez en la zona de espera, se sentó en uno de los asientos libres y comenzó a leer. Premura. Vertiginosa. Focalizar. En consecuencia. Resumiendo. Fugaz. Postura rígida. Activo. Dinamismo. Acucioso. Repentino. Desenlace. Súbito. Palabras que se grababan en su mente según las leía, hipnotizado frente aquellas hojas hasta que terminó de leer. Tenía que ir al baño. Una vez que hubo usado el wc se le ocurrió poner en práctica lo que había leído frente a uno de los espejos del baño. Comenzó su discurso agradeciendo la asistencia a su imagen reflejada y acto seguido entró en materia. Las palabras fueron fluyendo hiladas, como si estuvieran unidas por un haz invisible, mientras sus manos, gestos y movimientos corporales acompañaban aquella sinfonía oral. Cuando hubo terminado miró su reloj. El discurso había durado más de media hora. Salió raudo del baño aún con el eco de los aplausos agradecidos de su reflejo, se dirigió a la primera cabina de teléfono que encontró y llamó a su mujer. “Buenas tardes cariño. Solo quería decirte que, efectivamente, ya no te quiero. No… no me interrumpas… sí, así de sencillo y certero. En consecuencia, no me esperes… Yo también siento algo parecido, vértigo más bien… En definitiva, no volveré en ese avión”. Colgó y se dirigió corriendo al baño donde, de nuevo, le recibieron con aplausos.