lunes 9 de marzo de 2009

La melancólica muerte de Chico Panda

El pequeño Chico Panda pasa día y noche encerrado en su habitación. Devora compulsivamente bambú mientras contempla, una y otra vez, la serie de televisión “Historias Asombrosas” en dvd que le regaló su tío Kim, la única persona que le ha querido hasta que éste muriese en un accidente de coche. Es inevitable que cada día se acuerde de Kim y una lágrima se precipite de su ojo de contorno negro para deslizarse por la redondeada cara blanca hasta perderse en el borde de la boca, también pálida. Chico Panda sueña con salir de su habitación y poder ir al colegio, jugar en el parque con el resto de niños y comer un helado del puesto ambulante. Alguna vez le ha preguntado a sus padres [humanos, al menos de aspecto] porqué no puede salir a jugar, pero solo ha conseguido que la cadena sujeta a su pie se acorte un par de centímetros más. Chico Panda no entiende el calendario, ni las estaciones, ni los relojes con sus horas. Solo sabe que el día es la luz que entra por el pequeño ventanal enrejado, cuando su madre [y en alguna ocasión su padre] le arroja el montón de ramas de bambú cortadas; la noche es la oscuridad, el sueño, su libertad. Cuando sueña, Chico Panda sale de su habitación [la cadena atada a su pie ha desaparecido], corretea por el parque y se une al resto de niños que juegan en la arena, mientras estos le acarician sus orejas y panza peluda. Y ríe. Ríe tan fuerte que le duele su ancha mandíbula con restos de bambú entre los dientes. Y exhausto se despierta empapado en sudor, aún con la sonrisa dibujada en su boca blanca. Una mañana, cuando la luz ya hacía rato que entraba de nuevo por el pequeño ventanal enrejado, su madre no entró en la habitación para arrojarle el montón de ramas de bambú. El pequeño Chico Panda, más que hambre, comenzó a sentir curiosidad por las voces que llegaban desde el otro lado de la puerta de hierro. Las voces [pudo distinguir que procedían de su padre y de su madre] fueron en aumento hasta que un terrible golpe metálico asustó a Chico Panda. Durante un rato el silencio se extendió más allá de la habitación de Chico Panda, hasta que la puerta de hierro se abrió. Su padre entró en la habitación dando tumbos. En una mano llevaba una botella de whisqui casi vacía y en la otra sujetaba una tubería con el extremo goteante de sangre. Las voces ahora tronaban en los oídos de Chico Panda: “maldito engendro. Tú tienes la culpa de todo… Pero no vas a tardar en reencontrarte con la guarra de tu madre y tu querido tío Kim… tu verdadero padre. Sí, has oído bien. Yo no soy tu padre, y no vas a necesitar ninguno más”. Chico Panda se arrinconó en una de las esquinas de la habitación. El hombre borracho levantó la tubería en ademán de golpearle pero al acercarse, el resto de una rama de bambú húmeda le hizo resbalar y caer justo al lado de Chico Panda, quedando aturdido. Sin poder asimilar todo lo que acaba de oír, lleno de rabia, Chico Panda se lanzó al cuello de aquel hombre arrancándole una porción de carne que acto seguido escupió. Tras liberarse de la cadena atada a su pie ayudado con la tubería, salió a la calle. La luz del exterior le cegó y tardó varios minutos en acostumbrarse. Desorientado caminó [erguido] por las calles ante los transeúntes que huían despavoridos al verle. Tuvo que apartarse varias veces de la carretera para evitar ser atropellado por los coches que también aceleraban al pasar junto a él. Pero tras deambular unos veinte minutos descubrió algo que aunque veía por primera vez, le resultaba muy familiar. Había llegado a un parque repleto de niños que jugaban en los diversos columpios y en la arena. Lleno de felicidad corrió hacia ellos. Deseaba unirse a sus juegos, lo mismo que en sus sueños. Pero fue aproximarse a ellos y lo que vieron sus ojos le provocaron un dolor inimaginable. Los niños gritaban asustados, los más mayores le tiraban piedras y algún padre incluso le propinó varias patadas haciéndole rodar por la arena. Chico Panda no entendía nada, solo quería jugar como aquellos niños y niñas. Un policía que patrullaba cerca del lugar oyó los gritos y no tardó en personarse. Le pedía a Chico Panda que se estuviera quieto mientras le apuntaba con un revolver igual al que llevaban los policías que salían en la serie de “Historias Asombrosas” que le había regalado su tío-padre Kim. Entonces Chico Panda comprendió, de nuevo, que su lugar no estaba en el día. Solamente podría ser feliz y libre en la oscuridad, en la noche. Comprendió que para escapar tenía que cerrar los ojos. Pero esta vez [pensó] sería definitivamente. Y se lanzó al cuello de varios niños. El policía consiguió quitarlo de encima de un pequeño que gritaba de dolor y tras inmovilizarlo pisándole su barriga peluda, descargó su revolver. Chico Panda murió en el acto, con una pequeña sonrisa dibujada en su boca. El cielo, de repente, se tornó anaranjado y en pocos minutos tomó un tono violáceo. Fue como si el día languideciera junto a Chico Panda. A partir de entonces, las noches fueron aún más oscuras que nunca.