martes 10 de marzo de 2009

Reflejos


Como cada tarde, descorre un poco la cortina de su ventana. Solo lo justo para poder ver, mientras permanece escondido, la ventana de ella en la fachada de enfrente. Ansía que esa boca con rostro de hormigón tenga sus cortinas corridas del todo y que, a pesar de la distancia, le permita a través de ella verse reflejado en un espejo del fondo de la habitación de la muchacha. Pues ver su imagen reflejada, acompañando el ir y venir de la silueta de ella, le hace sentir especial, partícipe de algo que solo podría darse cruzando la calle. Se imagina, una vez más, que ella se acerca al espejo y funde sus labios con los fríos y cristalinos de él. Se abrazan, traspasando el plano físico del espejo, sin importar que él sea exactamente eso, un simple y lejano reflejo en el espejo. Y hacen el amor, ante las miradas de otros vecinos y la de él. Entonces ella atraviesa el espejo de regreso a su habitación, aún jadeante y con un rubor en su cara que ni siquiera el espejo puede atrapar.
Pero esta vez sus cortinas no están corridas. La boca del rostro de hormigón le enseña los dientes, rabiosa por lo que ha hecho. Entonces él, entre sollozos, maldiciendo su reflejo, su cara, sus manos, se sienta en la cama junto al cuerpo desnudo y ya frío de ella.