martes, 24 de febrero de 2009

Infidelidades


- Cariño, ¿me quieres?
- Claro –respondió con un susurro ahogado en la almohada.

Apagó la luz de la mesilla y permaneció con los ojos abiertos, entre tinieblas, pensando en el descubrimiento de unas horas antes: un utensilio de látex color rosa con forma de falo escondido en una caja de zapatos, al fondo del vestidor. La idea de la infidelidad, y mas con un consolador, era demasiado. No podría soportarlo, pero pensar en la soledad aún le daba más miedo. Al día siguiente, a solas, volvió a sacar a su contrincante del escondite. Durante un largo rato lo examinó, estudiando su textura. Se imaginó a Sara utilizándolo y se excitó: la imagen desnuda de Sara tumbada en la cama, jugueteando primeramente con la punta del falo en sus pezones, recorriendo a continuación la línea invisible de su vientre hasta frenar en la maraña de su pubis; el labio inferior mordido, ahogando un gemido que a los pocos segundos no pudo contener, pues el juguete de látex había entrado en Sara; las sábanas se arrugaban al ritmo de los jadeos hasta que su cara, sus extremidades, su cuerpo, toda Sara se relajó.
Por unos momentos se sorprendió al verse ahora a ella también tumbada en la cama, utilizando aquel juguete, convirtiéndose en cómplice de la infidelidad recíproca.

- Cariño, y ¿a qué hora volverás de ese congreso?
- No lo sé Paula, ¿por?
- No, por nada.

viernes, 20 de febrero de 2009

Crisis existencial


El hombre devoto dejó de creer. Pensó que el Dios cristiano no podría resolver las inquietudes que cada mañana le abordaban al levantarse y se hizo con un ejemplar del Corán. Cansado de llevar un Sunnah [modo de vida] semejante al de la mayoría de los musulmanes, principalmente debido a los ayunos y la cantidad de rezos obligados al día, se unió a un grupo budista tras conocer a un indigente en el metro que afirmaba ser la reencarnación del nuevo Buda en el mundo. El jefe espiritual del grupo terminó por expulsarle tras negarse a compartir la idea del Anatman [insustancialidad], del no-yo y la ausencia del alma, pues el hombre devoto, si estaba seguro realmente de algo, era en su yo que todas las mañanas se levantaba. Y por supuesto que tenía alma o algo que perduraría una vez muerto. Fue tras reafirmarse en estos pensamientos cuando decidió llamar a un anuncio del periódico donde un supuesto médium resolvía toda clase de dudas a través del espiritismo. Durante la sesión, el espíritu de un esclavo negro de Massachussets, a través del médium en trance, de ojos blancos y boca torcida, le reveló que en otra vida pasada había sido compañero de trabajo recogiendo algodón. Desechada la idea de su reencarnación, más que nada por la alergia que le provocaba el simple tacto de cualquier ropa que llevara algodón en su composición, decidió unirse a un asentamiento minoritario de mormones en las afueras de la ciudad. Pero el hombre devoto solamente aguantó una semana sin su serie favorita de televisión, su bar de la esquina y del resto de comodidades de la ciudad. Fue precisamente en un programa de actualidad donde vio a un chamán africano que ofrecía sus servicios: “…curar y romper mal de ojo. También vidente. Para venir… llamar a telefóno de pantalla”. Tras un collar [hecho con un hilo mugriento y muelas de varios animales] para la mala suerte y cincuenta euros, el hombre devoto les maldijo. Maldijo a Dios, a Alá, a Buda, a Kali, a Shivá, a Jehová… y de improviso, Satanás se le apareció en unos baños públicos. Rechazó su oferta, pues no estaba dispuesto a perder su alma y salió del baño público pensando en lo equivocados que estaban todos aquellos locos del grupo budista. Como unirse a una secta satánica no le agradaba después del encontronazo con Satanás, decidió volverse agnóstico. Al fin y al cabo, no podía negar la existencia de todos ellos pero tampoco probarla, ni siquiera su experiencia en aquel baño público después de haber gastado todo lo que le quedaba en cerveza, varias horas antes en aquel bar del centro. Entonces pensó que no tenía otra salida. Regresó a casa y cerrando la puerta tras de sí, se quitó el sombrero mormón dejando al descubierto su cabeza totalmente rapada. Sacó el collar para la mala suerte de uno de los bolsillos de su chaqueta negra y lo dejó en la mesa, junto al fajo de facturas y la orden de desalojo. Pasó al salón y comenzó a desprenderse del Kasa de lino marrón, lentamente, frente al pequeño altar improvisado con velas de la tienda del todo a 100 y una pequeña estatua que quería semejar una diosa con múltiples brazos. Tras soltar un ahogado suspiro, se santiguó. Acto seguido su cuerpo desnudo atravesaba la ventana para precipitarse al vacío, con la total certeza, eso sí, de que Newton no se había equivocado.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Tristeza nómada


Hay días en los que el vaivén de las horas empuja mi caminar.
Es entonces cuando mi silueta se vuelve un ser ingrávido,
acompañante de mi sombra que se bifurca a golpe de paso.

Hay días en los que me cuesta respirar los reflejos de cada esquina.
Avanzar entre las calles, conducir el coche o subir la escalera,
no es más que otra ilusión: una travesía que ansía sucumbir
a la noche, agobiante espera de llegar a quien sabe donde,
fajos de interrogantes que se entrelazan oprimiéndome
el pecho con sus manos invisibles.

Hay días en los que no entiendo la razón de por qué me levanto,
por qué me miro en el espejo y ya no me recuerdo, por qué espero
aquello que sé que no he perdido, que susurra mi nombre cuando
abro los ojos.

Pero de mil maneras diferentes siempre llego al mismo sitio.
El vagón lleva reflejado mi cara y comienza su marcha, acelerando,
dejando una estela dibujada en el aire, mientras permanezco inmóvil.

Hay días en los que ese vagón se cansa de esperarme…
Y hoy es uno de ellos.

martes, 17 de febrero de 2009

Tatuaje reversible


Y se deshizo en lluvia de letras plasmadas en la pared. Había comprendido que no podría poseerla de otra manera. Saboreé cuanto pude ese último beso de labios tatuados, aferrado a sus brazos. “Te esperaré” le dije mientras ella acariciaba por última vez su nombre impreso en mi muñeca. Sus lágrimas surcaban sus mejillas como sorteando los trazos de colores que inundaban su rostro. Volvió a suplicarme: “Déjame ir, por favor”. Y arranqué la hoja del cuaderno. No quería que desapareciera, pero en mi interior sabía que retenerla más tiempo no llevaría a nada. Lo nuestro siempre será idílico, etéreo. De alguna manera quería asemejarme a ella y sentir aquella tinta fluir en mi interior, al igual que ella quería experimentar el placer de transmitir algo suyo a una hoja de papel. “Mira, me he tatuado tu nombre: Musa” le indiqué mostrándole mi muñeca. En el fondo ninguno de los dos comprendía porque debía permanecer más tiempo a mi lado. “Pero no puedes terminar. Eso supondría perderte. Y no estoy dispuesta a permitirlo. Sé que esto es muy importante para ti, pero te aseguro que volveré” me recriminó arrebatándome la pluma de la mano. Le expliqué que aquella tarde acabaría de escribir su historia, pues se había convertido en una obsesión desde que ella me había encontrado. Sentía haber disfrutado tanto conociéndola, acariciándola, pero sobre todo, contemplando su cuerpo, ahora tatuado por completo. Aún recordaba la primera vez que la desnudé: desde su cintura ascendían los trazos, algunos sombreados y otros coloreados de rojo y azul, hasta donde moría su cabellera rubia. Mis dedos dibujaron su espalda como si fueran el instrumento perfecto que inyectaba la tinta dentro de su piel, a pesar de que aquellos dibujos fueran creciendo día a día, sin intervención externa alguna. Incluso creo que me había enamorado de aquellos trazos justo en el momento en el que, graciosa, me enseño aquella foto suya de la infancia donde aparecía, aún siendo bebe, con los brazos y una pierna tatuada.
“He nacido así” me explicó. Desde que salió del vientre de su madre, Musa fue tatuándose a sí misma. Era como si por sus venas recorriera la tinta que iría recubriendo su piel en dibujos extraños y bellos. Es nuestra historia. La historia de ella, mi amada, la que voy a plasmar en el cuaderno.

Tal y como hace suponer el título, el texto también es reversible, puede leerse del revés, es decir, de abajo a arriba. Así es posible que se entienda mejor, o al menos, eso es la intención que he llevado al escribirlo. Espero que me haya salido el experimento :-)

viernes, 13 de febrero de 2009

Cuestión de adverbios


La muchacha dice "NO". Rotundo. Fulminante.
Y ese NO viaja de su boca para clavarse en mi pecho, atravesar el esternón e introducirse en el ventrículo derecho de mi corazón para extenderse, bombeado, con mi torrente sanguíneo. Doy media vuelta y desaparezco calle abajo. Aturdido por el [considero] extraño veneno que corre por mis venas, voy dando tumbos por las aceras hasta el primer consultorio médico que encuentro. Mi turno. Entro en la consulta y el médico se asusta de mi lividez. Raudo me ayuda a sentarme en una silla.
¿Qué le ocurre? –pregunta a la par que saca una pequeña linterna del bolsillo de su bata. Me han envenenado –respondo sintiendo la boca arenosa. ¿Y por qué supone que le han envenenado? ¿Le han ofrecido algo, una droga quizás? -me interroga mientras examina mi lengua con el palito de madera. Ella me ha dicho NO –cierro los ojos durante unos segundos. Ah, se trata de eso… Bueno, no se preocupe, tiene solución. Le administraré una inyección de “Positivium” para contrarrestar el efecto. Podría haber sido peor. El QUIZÁS, mata lentamente.
Aunque no soy partidario de celebrarlo, feliz San Valentín a todos y todas que tengan inoculado en vena sus propios SI, NO y terribles QUIZÁS.

Relación taxidérmica


Cuando terminó de escribir el anuncio de contactos se sintió aliviado.

“Joven taxidermista busca conocer a ejemplar atractiva para compartir sesiones contemplativas. Ofrezco estudio muy confortable y total discreción en las horas de luz. Abstenerse personas inquietas. Tlf. 913216682”

Le había costado varios meses el decidir anunciarse en el periódico local, pues la sombra que había dejado Carolina en su vida aún le pesaba demasiado. No se había desprendido del olor de su piel, de las líneas que marcaban el contorno de su cuerpo proporcionado y perfecto, pero sobre todo de la quietud con la que siempre le recibía en la cama, incluso cuando hacían el amor. Esto que a la mayoría le podría desesperar, a él le volvía loco.
Con el trozo de papel donde había escrito el anuncio marchó raudo a la redacción del periódico. El trámite no duró mucho, cosa que de alguna manera anticipó la impaciencia por que su móvil sonara, y pensó que esperar en el parque hasta la hora de comer le ayudaría a distraerse. Atravesando las calles del pueblo camino del parque, imaginó como sería la cita en caso de que ésta se produjera: Su móvil sonaría y con nerviosismo cogería la llamada. ¿Diga? –preguntaría con voz quebrada. Una voz dulce respondería. Hola. Llamo por lo del anuncio. ¿Es usted el taxidermista? -Y afirmaría con excitación. ¿Y sigue interesado en conocer a una chica atractiva y nada inquieta? –A lo que respondería aún más excitado- Por supuesto –a lo que ella completaría decididamente- Pues dígame su dirección y me acercaré ahora mismo…

El taxidermista tuvo que sentarse en un banco de la acera para poder ocultar la erección. Desde que Carolina se marchó no recordaba haber tenido una erección así. Entonces comenzó a observar al resto de mujeres que poblaban la calle, como intentando adivinar quien sería aquella misteriosa mujer de la llamada imaginaria. Absorto en ello pasó varias horas en aquel banco hasta que decidió entonces volver a casa. Fue a la semana siguiente, concentrado en el encargo de un cazador que quería inmortalizar en su salón una pieza de su última cacería, cuando recibió la ansiada llamada.

- ¿Diga? –atendió la llamada con voz aún más quebrada que la imaginada.
- Buenas. ¿Es el taxidermista del anuncio de contactos?
- Sí, soy yo.
- Estoy muy interesada en podernos conocer.
- Bueno, supongo que será…
- Atractiva y nada inquieta –le interrumpió.
- De acuerdo. Le indicaré mi domicilio. Es…
- No hace falta –interrumpiéndole de nuevo-. Busqué tu dirección en la guía. Estoy en el portal. Sólo ábrame. [Silencio] ¿Qué ocurre? Ábrame la puerta.
- Suba –y apretó el telefonillo inmerso en dudas.

La misteriosa mujer, atractiva, de unos cuarenta años, abrigo de visón en el que descansaba una larga y peinada cabellera morena y por abajo dejaba asomar un par de piernas esbeltas, le siguió hasta el salón. Pero pronto se interesó por el lugar donde él trabajaba. De nuevo le acompaño hasta una pequeña habitación convertida en taller. Tras mirar ha su alrededor, acariciar varios ejemplares disecados que se apilaban en una balda en la pared, colocar varios utensilios esparcidos por la mesa de trabajo, preguntó:

- ¿Cuál es el animal que prefieres trabajar?
- No tengo ningún preferido.
- ¿Te gusta la mantis religiosa?
- No es un animal que me guste especialmente. Los insectos no son mi fuerte.
- A mi me encanta la mantis religiosa. Me parece un animal increíble. Permanece casi inmóvil mientras su presa se aproxima y de un ataque fulminante…
- ¿Quieres que volvamos al salón?
- Quiero que me beses.
- Eh… así…
- ¿No te gusto?
- Sí… si, claro que me gustas. Mucho además. Eres muy atractiva.
- Bésame, te digo.

Se besaron, largamente, mezclándose el uno con el otro. La mujer apartó los utensilios de la mesa de un manotazo y comenzó a desnudarse. Se tumbó sobre la mesa y reposando su bello cuerpo, inmóvil, le pidió que la observara. Y el taxidermista lo hizo. Con su mirada fue dibujando el contorno de aquella mujer hasta que la excitación le nubló de deseo. Se desnudó también y fue al encuentro de los brazos que le esperaban. Y copularon, pues aquello no podría definirse como hacer el amor. El sudor dio paso a la sangre.

Fotograma de la película "Taxidermia", de György Pálfi

Supongo que lo que ocurrió fue mas o menos así. Y ¿por qué cuento esto? Sencillo. El otro día me topé en el suplemento dominical de un periódico, con el anuncio de una extraña exposición: “Trofeos. El arte de lo inmóvil. Una exposición de Lara Mistral.”
Reconozco que la imagen de una cabeza humana tan real insertada en el cuerpo de un pequeño zorro disecado me produjo un terrible escalofrío.

miércoles, 11 de febrero de 2009

RETORNO


Anoche me visitó mi mentor: Edgar Allan Poe. Su sombra se deslizó bajo la puerta del dormitorio hasta llegar a los pies de mi cama. A un tirón de manta me desarropó y zarandeando una de mis piernas consiguió despertarme. Eh... yo te conozco. Eres... Poe. ¿Pero qué haces aquí? –pregunté somnoliento y bastante asombrado. Con un gesto me indicó que le acompañara hasta el salón. Se sentó en el sillón situado frente al ventanal y me invitó a que yo ocupara el sofá cercano. ¿A qué has venido? ¿Qué quieres de mí? Entonces metió su mano es uno de los bolsillos de su traje y sacó mi pequeña libreta. Tras ojearla la dejó abierta sobre la mesa indicando con su afilado dedo que escribiese. ¿Escribir? ¿Qué quieres que escriba? Además, llevo bastante tiempo sin hacerlo. Me resulta difícil… Con gesto severo me mandó callar y volvió a señalarme la libreta. Pero no puedo. No puedo. Es tan complicado expresar… todo. Reconozco que la cabeza me bulle pero no me atrevo a enfrentarme a la página en blanco… Se mofa de mis palabras, de mí. Antes conseguía hilar una frase tras otra pero ahora me frena, me ahoga. No creo que pueda hacerlo… es más, quizás no debería intentarlo nunca más. Que desaparezcan dentro de mi cabeza junto conmigo y que… Como un resorte se incorporó del sillón a la par que un relámpago flasheaba la ventana y con su mano me tapó la boca. Sacó una vieja pluma y ofreciéndomela volvió a indicar que escribiera. Pensándolo bien… quizás debería intentarlo. Supongo que aún tengo algo que decir y confieso que es un error no hacerlo… Y en ese momento, por fin me interrumpió para decir sus únicas palabras: NEVER MORE. Tras el siguiente relámpago, de súbito desapareció y a través de la ventana pude ver alejarse a algo parecido a un cuervo negro.


El 19 de enero de 2009 se cumplió el bicentenario del nacimiento de Poe. Que mejor recordatorio para hacer que vuelva a reencontrarme con la escritura. Nos vemos aquí.