Una cafetería cualquiera. Instante de una tarde cualquiera moteada de un cielo plomizo. Cruce de miradas a través del cristal que refleja el transitar mudo del otro lado. Un sorbo de café. Volutas de humo de un cigarro que, como olvidado en el cenicero, rodea la desgarbada silueta de él. Un par de mesas más allá, junto a la cristalera, ella escribe en su pequeña libreta. Su melena morena, lisa y un poco corta, se balancea en el aire cuando levanta su mirada de la libreta y unos enormes ojos marrones gritan como intentando escapar de la prisión blanquecina de su cara. Se muerde el labio inferior, de un carmín poco llamativo, esforzándose en exprimirlo como si de allí salieran las palabras que debe arrojar en su libreta. Tras unos segundos, libera sus labios de la presión y vuelve la mirada a lo que está escribiendo. Su cabello acompaña el movimiento y pendulea, colgando en el aire. Él, desde su barrera, no ha apartado la mirada en ningún momento. Impasible imagina que ella es una escritora, de imagen bohemia que toma notas para su próxima novela, una más que acabará en cualquier cajón de su pequeña casa. También imagina que en ese preciso instante, ella le está convirtiendo en un personaje de su novela. Siente una extraña certeza de que está siendo así, letra tras letra, palabra tras palabra que ella escribe. Lo sabe porque en otro tiempo él también fue escritor y de alguna manera, contiendo el dolor de la punzada que le provoca su reflejo en el cristal, está interpretando el papel que le toca junto al resto de personajes de la cafetería.
miércoles 14 de abril de 2010
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